Esta noche he visto, por primera vez en mi vida, cómo un globo díscolo y colorado escapaba de la mano angustiada de su infantil propietario, y mientras éste gritaba de disgusto viéndolo ascender, el globo flotaba al viento hasta chocar contra la fachada de la facultad de Derecho. Una vez allí, el muy bermellón se ha restregado contra los viejos muros, rodando contra los ladrillos en una erótica trayectoria descendente, hasta llegar al arbolito que se yergue, escuálido pero digno, junto a la esquina del edificio. Y en él se ha posado suavemente, siempre descendiendo, en clara oposición a su naturaleza flotante; y se ha dejado abrazar por la rama más baja del árbol, y hasta el cordel se ha quedado pasmado por la hazaña, y ha caído, lánguido, contra el tronco del árbol, facilitando al padre del infante disgustado la sencilla tarea de rescatarlo de los brazos arbóreos.

¿Habrá sido por la magia de la Noche de San Juan?